12.11.11

LOS TEMPISQUES

LOS TEMPISQUES, UN PUEBLO QUE SE ESFUMA

En el verano de 2009, luego de una accidentada reunión a la que se le llamó Tercera asamblea regional de afectados ambientales, nos reencontramos en San Cristóbal de la Barranca con los compañeros de Huaxtla, Milpillas y San Lorenzo, sesionamos en la plaza pública; todavía algunos recuerdan cómo una oreja del gobierno pasó y tomó algunas imágenes mientras debatíamos los puntos de la orden del día. Aquello era amorfo, desaliñado y confuso. Cada uno, conforme le fue tocando el turno, expuso lo que quiso y cómo estaban enfrentando su problemática. Entonces tocó el turno a Rubén, de Huaxtla, alto, fuerte, de hablar golpeado, acento barranqueño, quien expuso de manera clara y sencilla que 300 limoneros en producción, ubicados en la confluencia del arroyo grande de Milpillas y el río Santiago se habían secado porque los irrigó con agua contaminada por lixiviados de los basureros de Picachos y Hasar's, y continuó diciendo que estaban a siete kilómetros o más de los vertederos y que la corriente de agua era abundante. Aun así los jugos de la basura secaron los árboles y preguntó “¿y ahora quién chingados me los pagará?” El silencio fue la respuesta.

Siguió el turno de Teódulo, hombre sencillo, dicharachero, alegre pero enérgico y valiente, quien sin ton ni son expresó que no sólo los árboles de limón se estaban secando, sino también los mangos barranqueños, algunos de ellos hasta de 100 años de edad y de unos 30 metros de altura. Señaló cómo, queriendo ayudar la floración de los árboles, inició con el riego a los más lejanos a través de una acequia de terracería que conecta con el arroyo Milpillas. Con tristeza, expuso:

“Vemos que a este gobierno no le interesan nuestros pueblos, sólo cómo deshacerse de la basura; eso ocurrió en agosto, para septiembre de 2009 ya habíamos construido la red de apoyo entre esos pueblos y los de La Soledad e Ixcatán, comprendimos que solos, éramos como una paja a merced del fuego de los poderosos, así que en esa aventura se sumaron los pioneros de este esfuerzo de El Salto y Juanacatlán zona en donde inicia la barranca, en donde el agua del Santiago, cuando era cristalina, desprendía la vida para las aves migrantes, para los grandes sabinos y sauces, dejaba lo mejor del suelo en las playas, en donde se cultivaba sandía, caña de azúcar, calabacita, tomate, maíz, cilantro, limas, limones, mangos, cuyas raíces eran alimentadas con los humedales del río, cuando subía de nivel. Esa misma agua que producía peces para regalar y vender, para comerlos en caldo, ceviche, birria, dorados, secos, fileteados, en sopa, zarandeados, las enormes carpas eran capaces de quitarle a los pescadores la atarraya con la que habían sido atrapadas, los bagres eran comunes, los chacales, los camarones de agua dulce, las ranas, miles de especies que abrevaban en el Santiago hasta que el rigor de la grandeza monetaria y financiera acabó con todo, hasta que la burguesía con sus fábricas, fraccionamientos, granjas, rascacielos, desperdicios, ignominia, infamia y cinismo decidió cambiar sin nuestro permiso la corriente cristalina por una de mierda, grasa, aceites, ácidos y metales pesados, la del Santiago, de corriente viva, vivificante y endiosada, pasó a difunta, asesina y diabólica”.

Esta palabrería que ahora suelto, Teódulo lo resumió para Alejandra Guillén de El Informador en septiembre de 2009. Así pasa, las gallinas de arriba cagan a las de abajo:

“Precisamente eso comenzó a ocurrir hace 45 años, las enormes gallinas de arriba de fundillo retacado de envidia, enfermedad y codicia, comenzaron a suplir a las codornices, los guajolotes silvestres, los canarios, las calandrias, los gorriones, los patos silvestres, los tejones, armadillos, iguanas, ajolotes, sapos, cangrejos, víboras, arañas, avispas, abejas, mariposas, venados, pasto, yerba, árbol, todo fue arrasado cuando las enormes gallinas se sentaron a poner su huevo en lo que ahora es pomposamente llamada Zona Metropolitana de Guadalajara. Primero se echó una en la Ciénega, por Ocotlán, Poncitlán, Atequiza y El Salto, y todos le aplaudieron porque había llegado la modernización, se inauguraba la era de las gallinas de arriba, de las que daban empleo a miles y de comer a millones, pero que chupaban agua como si fueran tanques sin fondo. Así las gallinas tomaban agua limpia y la devolvían sucia; se bañaban en los lugares de todos, descargaban sin ton ni son sus enormes huevos, hasta que un día también llegaron en la era de Salinas a las inmediaciones de la ex Hacienda el Lazo y Los Tempisques del municipio de Zapopan, y ahí pusieron un huevo llamado Planta Hidroeléctrica Valentín Gómez Farías.

“Así les dijeron a los comuneros y ejidatarios que el progreso había tocado a su puerta; les envenenaron sus aguas, pero les trajeron de San Isidro, les plantaron un riesgo, pero les dieron trabajo, hirieron la barranca y le clavaron un enorme ducto para las aguas negras que movería las turbinas, pero construyeron un helipuerto sólo para el día en que Salinas inauguró la planta; sepultaron a muchos en el concreto y la peña, pero en cambio ahora venden electricidad para gobiernos y empresas, la que se produce con aguas pestilentes de la ciudad; les mataron la vía corta hacia la Mesa Colorada, pero le crearon un programa de vivienda que les hizo suplir sus hermosos lienzos de piedra, sus fincas de adobe y techos de teja colorada por concreto y láminas cancerígenas. A los tempisqueños les trocaron su iglesia antigua con lámina galvanizada y adoquín, todos se sentían contentos porque hasta les daban uniformes, empedrados de caminos, electrificación, agua potable en tubo, hasta que una chingonsota gallina decidió sentarse exactamente en el humedal, en la tierra más fértil y pareja conocida como La Laguna, a unos metros de las viviendas que ya lucían modernas, determinó que ahí sembraría lodos activados, desechos industriales y caca. Entonces, las casas recién levantadas, el camino empedrado y ampliado, la red eléctrica, la conducción y almacenamiento de agua potable y hasta la propia iglesia fueron destruidos”.

Así la sentencia de Teódulo, el de Huaxtla, una vez más se cumplió con los tempisqueños y laceños que de por sí ya sufrían del mugrero del río Santiago y el río Blanco, ahora les tocaría jugar el papel de las gallinas de abajo para que las gallinas de arriba, sin pudor alguno, con toda la soberbia y mala leche cagaran a las de abajo. Así es, en donde sólo tres familias resisten no por muchos días con Antonio Ruvalcaba Saavedra a la cabeza, el mismo que se explayaba cuando comentaba las andanzas de otros por el mundo, el que hablaba de las noticias relevantes del momento, de los viajes de sus hermanos, excelentes músicos de mariachi a otros contornos del planeta, siempre sin salir de El Tempisque, como fiel guardián de la iglesia, de su pequeño pedazo de tierra, de su vivienda, de la que ha sido despojado, territorio en donde vivió cincuenta años desde que se casó y mudó de Ixcatán a ese paraíso, del cual, ahora en noviembre de 2011, se despide, porque el gobierno de Jalisco, como gallina de arriba, ha logrado el desplazamiento forzoso de más de 200 tempisqueños que se irrigan por la barranca en busca de refugio, de abrigo y sustento, porque el territorio que amaron, construyeron y gozaron ha pasado al poder de las cagonas gallinas de las alturas.

Mis abuelos maternos, Dionisio Martínez (indio caxcán de la indígena de Mezquitán) y Margarita Ruvalcaba (hija de alteños que huían de la guerra cristera) se encontraron y vivieron en Los Tempisques, el pueblo del que ahora el gobierno no quiere dejar ni cimientos. Lo que no saben es que el territorio y la historia también se llevan y se implantan a donde va el sujeto, allá a donde han podido ir los tempisqueños también sembrarán su semilla.

José Casillas

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